El niño en su totalidad
Aunque el desarrollo motor suele presentarse como un capítulo individual separado de otros dominios del desarrollo (por ejemplo, lenguaje, socioemocional, cognición), la realidad es que las habilidades motoras de los niños se desarrollan junto con estos otros dominios, y el crecimiento en un dominio suele influir en los demás. Las habilidades motoras están en el centro de las acciones e interacciones cotidianas de los bebés y niños pequeños y, en consecuencia, afectan el desarrollo perceptivo, cognitivo y del lenguaje posterior (Bushnell & Boudreau, 1993; Gibson, 1988). Piaget (1952) sugirió una relación entre el desarrollo motor y el desarrollo cognitivo y señaló que las propias acciones de los bebés y las experiencias sensoriomotoras resultantes son fundamentales para su aprendizaje sobre el entorno y los objetos que lo componen. Desde las observaciones originales de Piaget, varios estudios han informado evidencia de relaciones entre las habilidades motoras y el desarrollo en dominios aparentemente no relacionados. [1]
La evidencia creciente sugiere que adquirir un control más avanzado de la posición corporal brinda a los bebés oportunidades para el aprendizaje y la exploración (Franchak, 2020; Gibson, 1988; Libertus & Hauf, 2017). Por ejemplo, las experiencias visuales de los bebés difieren según la posición corporal: cuando están en posición prona, su campo visual está dominado por la superficie del suelo y los objetos cercanos al cuerpo, mientras que los bebés en posición erguida tienen una vista más amplia de su entorno que incluye objetos distantes y rostros (Franchak et al., 2011, 2018; Luo & Franchak, 2020; Kretch et al., 2014). Sentarse facilita la exploración visual y manual de los objetos en comparación con estar en posición prona o supina (Luo & Franchak, 2020; Soska & Adolph, 2014). La locomoción erguida (caminar), en comparación con la locomoción en posición prona (gatear), permite a los bebés desplazarse más lejos, transportar objetos con mayor facilidad y suscita respuestas sociales diferentes por parte de los cuidadores (Adolph & Tamis-LeMonda, 2014; Gibson, 1988; Karasik et al., 2014). En consecuencia, aprender a sentarse y a caminar se vincula con mejoras posteriores en el aprendizaje del lenguaje y la cognición espacial (He et al., 2015; Moore et al., 2019; Oudgenoeg-Paz et al., 2012, 2015; Soska et al., 2010; Walle, 2016; Walle & Campos, 2014; West et al., 2019). Presumiblemente, estos efectos facilitadores se deben a que los bebés pasan más tiempo sentados, de pie y caminando. Por ejemplo, dominar la capacidad de sentarse de manera independiente casi duplicó la cantidad de tiempo que los bebés de 6 meses pasaban sentados (tanto sentados de forma independiente como con apoyo) en la vida diaria, en comparación con bebés de 6 meses que aún no se sentaban (Franchak, 2019), y los bebés que pasan más tiempo sentados tienen mayores oportunidades de explorar objetos con ambas manos. [2]
Teoría de las cascadas del desarrollo
La hipótesis de las cascadas del desarrollo enfatiza las consecuencias que siguen al logro de nuevas habilidades motoras como una fuerza impulsora del desarrollo. Las cascadas del desarrollo se refieren a las consecuencias acumulativas de los avances en un dominio (por ejemplo, las habilidades motoras) sobre comportamientos o habilidades posteriores (Fry & Hale, 1996; Gottlieb, 1991; Masten & Cicchetti, 2010). Adquirir una nueva habilidad conduce a cambios significativos y duraderos en la experiencia cotidiana del niño al modificar qué tipo de información es accesible y cómo otras personas responden al niño. Según la teoría de las cascadas del desarrollo, la aparición de una nueva habilidad motora puede brindar a los bebés acceso a nuevas oportunidades de aprendizaje asociadas con esa habilidad. Por ejemplo, poder sentarse sin apoyo libera las manos para la exploración manual de objetos y permite aprender sobre características como el peso, la textura y la función de los objetos (Lederman & Klatzky, 2009; Rochat & Goubet, 1995). Sentarse también libera las manos para la producción de gestos comunicativos, los cuales se ha encontrado que apoyan el desarrollo del lenguaje (Iverson & Goldin-Meadow, 2005). Además, sentarse cambia el punto de vista del bebé, proporcionando experiencias perceptivas novedosas y fomentando intercambios cara a cara con los cuidadores. Finalmente, los padres reaccionan a los cambios en las habilidades de los bebés y ajustan la forma en que responden al niño (por ejemplo, Karasik et al., 2014). [1]
Definición: Hipótesis de las cascadas del desarrollo
Las consecuencias acumulativas de los avances en un dominio (por ejemplo, habilidades motoras) sobre comportamientos o habilidades posteriores, en el mismo u otro dominio (por ejemplo, habilidades del lenguaje)
Relación entre las habilidades motoras y el desarrollo del lenguaje
Aunque el desarrollo motor y el desarrollo del lenguaje puedan parecer dos áreas muy diferentes, la investigación ha demostrado que, durante los primeros tres años de vida, estas dos áreas están fuertemente relacionadas (Schneider & Iverson, 2021). Los bebés y niños pequeños que alcanzan los hitos motores más temprano muestran mayores habilidades lingüísticas. Por ejemplo, en un grupo grande de niños de entre 10 y 14 meses de edad, algunos ya caminan mientras que otros aún no. Los niños que comienzan a caminar antes tienen vocabularios receptivos y productivos más amplios que aquellos que todavía no caminan (Carina, Leinweber & Ritterfeld, 2019; He, Walle & Campos, 2015; Walle & Campos, 2014). Se ha encontrado que el inicio de sentarse de manera independiente y de caminar predice el tamaño posterior del vocabulario productivo entre los 16 y 28 meses (Oudgenoeg-Paz, Volman & Leseman, 2012). Esta relación entre el desarrollo motor y el desarrollo del lenguaje comienza incluso antes. Los bebés de entre 3 y 5 meses de edad que pueden sentarse de manera independiente antes que otros muestran mayores habilidades lingüísticas cuando son niños pequeños (Libertus & Violi, 2016). Un estudio amplio de 62,944 niños encontró que las habilidades motoras a los 18 meses predecían las habilidades lingüísticas posteriores a los 36 meses de edad (Wang, Lekhal, Aarø & Schjølberg, 2014). Además de las habilidades motoras gruesas, se ha encontrado que las habilidades motoras finas entre los 12 y 18 meses predicen el lenguaje expresivo a los 36 meses en bebés con alto riesgo genético de trastorno del espectro autista (TEA) (LeBarton & Iverson, 2013). [1]
¿Por qué existe una relación entre las habilidades motoras y las habilidades lingüísticas posteriores? Es poco probable que la adquisición de la marcha en sí misma cause que los bebés desarrollen lenguaje, así como tampoco es probable que el lenguaje del bebé cause la aparición de la marcha. Más bien, el inicio de la marcha amplía el campo visual del bebé (Kretch et al., 2014) y permite una mayor flexibilidad para observar el entorno (Frank et al., 2013). Estos cambios físicos pueden promover que el bebé siga las señales atencionales de los adultos y, de este modo, facilitar el aprendizaje del lenguaje. La participación en conductas de atención conjunta es esencial para el desarrollo del lenguaje (Tomasello, 1988, 1995). Estos episodios de participación conjunta ocurren cuando una persona dirige la atención de otra hacia un referente compartido, como un objeto o un evento. Múltiples estudios han encontrado que el seguimiento por parte del bebé de las señales atencionales de los adultos está relacionado con el desarrollo del lenguaje (Brooks & Meltzoff, 2005; Morales et al., 1998; Mundy et al., 1995; Smith et al., 1988; Tomasello & Todd, 1983). De igual manera, la iniciación por parte del bebé de la participación conjunta, como señalar con el dedo, se asocia con el desarrollo posterior del lenguaje (Brooks & Meltzoff, 2008; LeBarton et al., 2015). Quizás no sorprenda que la atención conjunta del bebé, en particular el seguimiento de la mirada del adulto, también se desarrolle de manera notable después del primer cumpleaños del bebé (Morales et al., 2000; Morissette et al., 1995), cuando los bebés suelen comenzar a caminar. [3]
Además, caminar también tiene un impacto significativo en la forma en que el bebé interactúa con el cuidador. Se ha observado que los bebés que caminan tienen mayor probabilidad de acceder a objetos ubicados a mayor distancia que los bebés que gatean (Clearfield, 2011; Karasik et al., 2011). Asimismo, participar en intentos móviles de captar la atención del padre o la madre, como llevar un objeto hacia ellos, suscita respuestas más interactivas y ricas en lenguaje por parte del adulto, y estos intentos son más frecuentes en bebés que caminan que en aquellos que gatean (Karasik et al., 2014). También se ha encontrado que los bebés que caminan dirigen la atención del padre o la madre hacia objetos mediante vocalizaciones y gestos con mayor frecuencia que los bebés que gatean (Clearfield et al., 2008; Clearfield, 2011; Karasik et al., 2011). Estos hallazgos indican que los bebés que caminan no solo pueden estar más sintonizados para seguir las señales atencionales de los adultos, sino que también ayudan a generar contextos sociales en los que ellos mismos provocan la atención del adulto. El inicio de la marcha brinda a los bebés nuevas formas de comunicarse (al liberar las manos para gesticular y poder transportar objetos) y de compartir sus intereses, lo que da como resultado un lenguaje más rico por parte de los cuidadores (West & Iverson, 2021). [3]
Relación entre las habilidades motoras y los retrasos y discapacidades del desarrollo
Dado que el desarrollo motor puede seguirse desde etapas tempranas de la infancia y la etapa de niños pequeños, las habilidades motoras pueden utilizarse como un posible marcador temprano de resultados posteriores en niños con riesgo de presentar un retraso o una discapacidad (Bhat et al., 2012; Flanagan et al., 2012; LeBarton & Iverson, 2013; Libertus et al., 2014). La investigación ha encontrado que los retrasos en el desarrollo motor están vinculados a diagnósticos como el trastorno del espectro autista (TEA) y los trastornos del desarrollo del lenguaje (Leonard & Hill, 2014; West, 2018). Los bebés con alto riesgo familiar de TEA (bebés que tienen un hermano mayor con diagnóstico de TEA) y que reciben un diagnóstico de TEA más adelante en la infancia muestran habilidades motoras finas y de prensión reducidas (Choi, Leech, Tager-Flusberg & Nelson, 2018; Libertus et al., 2014) y un desarrollo retrasado de las habilidades posturales (es decir, sentarse y ponerse de pie) (Nickel et al., 2013). Un mayor número de niños con un trastorno del desarrollo del lenguaje alcanza más tarde los hitos motores gruesos y, en particular, los hitos motores finos, en comparación con niños sin un trastorno del desarrollo del lenguaje (Diepeveen et al., 2018). Los retrasos motores también se reportan comúnmente en niños con síndrome de Down (Vicari, 2006), síndrome de Williams (Masataka, 2001) y en niños nacidos de forma prematura (Cameron et al., 2021; Caravale et al., 2005; van Haastert et al., 2006). [1] [4]
Definición: Trastorno del espectro autisa (TEA)
Discapacidad del desarrollo que puede causar desafíos significativos en el ámbito social, de la comunicación y del comportamiento