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19.6: Temperamento, cultura y entorno

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    Factores que afectan al temperamento

    La crianza de los hijos es bidireccional. Los padres influyen en sus hijos, pero los hijos también influyen en sus padres. Las características del niño, incluido el temperamento, afectan a los comportamientos y roles de los padres. Por ejemplo, un bebé con un temperamento fácil podría hacer que los padres se sientan más eficaces, ya que pueden calmarlo con más facilidad y provocar sonrisas y arrullos. Por otra parte, un bebé malhumorado o inquieto provoca menos reacciones positivas en sus padres y puede hacer que estos se sientan menos eficaces en su papel en la crianza (Eisenberg et al., 2008). Con el tiempo, los padres de los niños más difíciles pueden volverse más punitivos y menos pacientes con sus hijos (Clark, Kochanska & Ready, 2000; Eisenberg et al., 1999; Kiff, Lengua & Zalewski, 2011). Los padres que tienen un hijo exigente y difícil están menos satisfechos con sus matrimonios y tienen más dificultades para conciliar los roles laborales y familiares (Hyde, Else-Quest & Goldsmith, 2004). El temperamento de los niños influye directamente en el comportamiento de los padres con sus hijos.[1]

    Thomas & Chess también estudiaron el temperamento y el entorno. Una de las muestras consistía en familias blancas de clase media con un nivel educativo superior; las familias puertorriqueñas de clase trabajadora constituían la otra muestra. Encontraron varias diferencias. Los padres de los niños de clase media eran más propensos a informar problemas de comportamiento antes de los 9 años, y los niños tenían problemas de sueño. Este informe puede deberse a que los niños comienzan la educación preescolar entre los 3 y los 4 años. De Vries (1974) hizo un seguimiento de los bebés y las madres masáis (una tribu de África oriental) durante varios años en un período de hambruna. El investigador descubrió que los bebés masáis más exigentes tenían más probabilidades de sobrevivir durante los períodos de estrés ambiental que los bebés más dóciles. El investigador indicó que los bebés más agresivos y exigentes –o, en términos de temperamento, más difíciles– tenían más probabilidades de ser alimentados y de ver satisfechas sus necesidades que los bebés dóciles, a los que era más fácil de ignorar. Los resultados de estos estudios transculturales sobre el temperamento demuestran cómo la interacción entre la ecología, el temperamento y la cultura afectan a la persona.[2]


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